Las fiestas populares son mucho más que tradición y el sentir de una comunidad. Obviamente son dos de sus pilares y nadie resta la importancia de que cada rincón conserve sus costumbres y las celebre abiertamente. Pero dentro del panorama económico, ciertas celebraciones permiten que poblaciones enteras «hagan caja» llegadas ciertas fechas y se aseguren una buena partida presupuestaria para una inversión más que rentable: la de sus fiestas regionales. ¿Cómo es la economía de las fiestas populares?, ¿Cuál es el aporte económico de las más reconocibles?

 

Economía de las fiestas populares: mucho más que una tradición

 

La riqueza cultural de los pueblos ha permitido evidenciar el impacto económico que genera la celebración de una festividad, por más pequeña que sea la localidad destino. El aprovechamiento de estas fechas se hace indispensable para mejorar, mediante el turismo, la calidad de vida de los residentes.

La fiesta del Entierro de la Sardina dejó en Murcia 8 millones de euros; la celebración del Día de los Muertos arrojó 175 en México, en tan solo dos días, y se espera a más de 125.000 personas en El Carnaval de ‘La Jungla’ en Los Cristianos (este año, del 21 de marzo al 1 de abril), para superar la cifra de 6,1 millones de euros que alcanzaron el año pasado en Tenerife, Islas Canarias.

Hablamos únicamente de las fiestas propias de febrero-marzo, pero si ponemos foco en las principales celebradas durante el año y que movilizan hasta gran parte del extranjero, nos encontramos cifras como que San Fermín, en Pamplona, permite mantener estable el presupuesto de todo el año en una única semana de festejos. Concretamente la ciudad navarra ha ingresado 740 millones de euros en el último ejercicio.

Datos similares a los movidos por otra de las grandes festividades españolas: la Feria de Abril, que en su celebración de 2018 movió cifras de récord absoluto, generándose un impacto económico de unos 830 millones de euros, algo más que los 754 millones de euros que movieron las Fallas valencianas.

 

La cultura como valor inversor en su máximo exponente

 

El turismo festivo es una industria en alza que además ha promovido la exaltación de los valores culturales en las comunidades. En el caso de España, su agenda cultural está repleta de celebraciones en el periodo estival.

Las inversiones para desarrollar el cronograma de actividades vienen de diversas instituciones del Estado y patrocinios interesados, en algunos casos hasta de comerciantes locales, que también se suman a la iniciativa.

En las Fiestas del Pilar, según cifras del Ayuntamiento, los residentes gastan un promedio de 162 euros al día, sobre todo en restaurantes y bares. Por su parte, los turistas invierten unos 310, sumando el hotel y las compras que realizan.

Las fiestas son capaces de ofrecer, además de cultura, producción agrícola local, productos típicos y servicios, lo que reafirma la interacción, revaloriza la producción y reafirma las tradiciones locales.

 

¿Cómo traducir esta inversión en mejoras para la comunidad?

 

Hoy, las festividades culturales forman parte de los planes de desarrollo local y regional, lo que se convierte en mayor producción, rentas y empleos para los inversionistas anuales.

La opción de turismo por y para los pueblos y localidades, canalizada a través de una gestión organizada y responsable debe reinvertir las ganancias en nuevos locales, mayores propuestas de diversión, préstamos para remodelaciones, y educación para los ciudadanos en materia de atención y manejo de visitantes.

Apostar por el desarrollo local debe ser la premisa de distribución del dinero. Ajustar a esta medida las ganancias es apostar no solo al fortalecimiento de las tradiciones, sino también a la expansión del valor comercial de cada celebración, favoreciendo el intercambio y la potencialización de pueblos y comunidades.

 

La «atemporalidad»: una circunstancia económica deseada

 

Desestacionalizar estas celebraciones es una posibilidad que siempre entra en juego, mediante la cual el comportamiento turístico de una ciudad puede mantenerse en el tiempo, generando importantes efectos económicos, al convertir una fiesta cultural en un centro de recreación perenne, especialmente diseñado para los que se inclinan por disfrutar de estas manifestaciones.

Es el caso paradigmático de Sitges, por poner un ejemplo de un modelo que, con mayor o menor éxito, se procura imponer en aquellas ciudades que se han entregado de pleno al sector turístico ejerciendo de motor imperante y dependiente de la localidad. Así, esta ciudad barcelonesa, aparta de su calendario de fiestas el periodo estival (donde más visitas concentra), dejando las principales para otros periodos no propicios para atraer turistas (a excepción de su fiesta mayor, que se celebra en pleno agosto contentando a los visitantes que por entonces ocupan al 100% las plazas hoteleras)

Muy conocido es el carnaval de Sitges, que se celebra entre los meses de febrero y marzo, además del festival Internacional de Cine Fantástico, celebrado tradicionalmente en octubre. Por último, los sitgetanos cierran su agenda festiva con otros periodos reseñables como el día del Orgullo LGTBI o las celebraciones navideñas, lo cual les permite mantener la atracción sobre el municipio prácticamente los 12 meses del año pese a ser una localidad costera.

La economía de las fiestas populares: un pilar para la comunidad
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