Humanizar, conferirle un carácter más humano a la economía, es una práctica que va un poco más allá de contar con administradores públicos honrados y éticos, que además logren cierto grado de identificación con los individuos.

Acuñar este término tiene por objetivo tratar de deslindar las consecuencias negativas que ha generado el rubro de la economía del término en sí.

Otra de sus funcionalidades, y probablemente la más importante, insiste en una evaluación con criterio de cada fórmula o política económica en torno a su afectación sobre la sociedad y el ambiente. Estimar a quien afectará más, a quién beneficiará, cuáles serán las consecuencias en el tiempo, y la medida en que será respetuosa del equilibrio social y natural.

 

La política en observación

 

El alejamiento del discurso político de las reales necesidades de los ciudadanos trae consigo una marcada desvinculación del mensaje, acciones radicales y las posteriores e inesperadas consecuencias. Ejemplo de ello es que nadie esperó que los británicos apoyaran el Brexit. Nadie supo leer y descifrar las necesidades de la población en ese entonces.

Las sociedades, lejos de verse representadas, ven con preocupación como frente a sus ojos se deteriora su nivel de vida sin que nadie incluya en un discurso -y ejecute- una solución real y viable a  los problemas que los aquejan.

 

Humanización de la economía: respuesta a la economía contra la pared

 

“La economía se ha deshumanizado, carece de respeto por el milagro de la vida. Es crucial que cada persona se sienta que es parte de todos. La economía debe servir a las personas, y no al revés. El desarrollo económico debería referirse a la gente, no a los objetos”, fueron palabras del chileno Manfred Max Neef, Premio Nobel alternativo de Economía en una visita a Bogotá en 2017.

Los términos productividad, competitividad y rentabilidad son cada vez más ajenos a los individuos, que experimentan el resultado de las prácticas económicas en mayor exclusión, desigualdad, en la repartición desbalanceada de la riqueza, baja inversión en los sectores más valorados y por lo tanto, desafección política y social.

Sin embargo, no es la corrupción la culpable de todo. El funcionamiento del proceso económico no se basa estrictamente en las normativas éticas y morales que moldean a un individuo. Esto tiene más que ver con la dinámica que adquieren las variables económicas que se evalúan y su interacción con la política y el orden social.

En torno a la inflación, el gasto del gobierno, el comportamiento del dólar, las tasas de interés internas y externas y las ventas del comercio, por nombras algunas variables, se toman medidas que poco tienen que ver con el beneficio de las comunidades, de los países y mucho menos de los sectores más desposeídos de la sociedad.

 

Reconciliar la sociedad con las políticas económicas a través de la solidaridad colectiva

 

El surgimiento de grupos reaccionarios, cada vez más evidente en las calles, auspiciando protestas y acciones agresivas resumen en parte, el descontento generalizado de una sociedad atropellada a nivel de ahorros e ingresos.

Es evidente que basar a una sociedad en la competencia excluyente, la especulación y la búsqueda desmedida por aumentar las ganancias, le pierde el respeto a las personas y en algún tiempo puede colapsar.

Se hace necesaria una economía más solidaria, que priorice al ser humano ante la obtención de capital, con nuevos modelos de producción, consumo y distribución, que exalte valores como el cuidado del medio ambiente, la cooperación y el intercambio. Es una alternativa cada vez más necesaria, sobre todo en los tiempos de crisis.

Humanizar la economía no llega al punto de erradicar la existencia de los intereses, que de una u otra forma mueven al mundo, se trata más bien de canalizarlos de forma ética, y corrigiendo los excesos y abusos, para alcanzar mayores niveles de bienestar.

La humanización de la economía
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